Dios, más grande que Jesús

Ignacio Mazzeo

Si unas palabras fuesen necesarias por enero de 1981 para explicar quién había sido John Winston Lennon, ¿necesitaríamos apelar a un británico para que nos cuente? ¿Sería incluso mejor si se tratara de un cronista nacido en Liverpool? ¿Qué dato, qué curiosidad, qué anécdota inédita podría ofrecer una nueva arista, un análisis más original o un mayor acercamiento hacia alguien que en alguna medida nos tocó a un número de personas sin precedentes en la historia de la humanidad? (Los Beatles) somos ‘bigger than Jesus’ protests John en la cima de su popularidad (de la que jamás se bajó). Y si bien no sabemos qué alcance tendrá su nombre y su obra en dos mil años, y más allá de quien lo considere una blasfemia, en algún punto, ese fue un dato de la realidad.

Esos cuatro muchachos de origen humilde en un abrir y cerrar de ojos dejaron de ser ingleses para ser simplemente terrícolas. Dejaron de ser músicos integrantes de una banda pop para pasar a ser compañeros, amigos, testigos de noviazgos nacientes, de separaciones, casamientos, nacimientos, velorios y todo evento que se pueda concebir de contemporáneos y de generaciones subsiguientes.

¿Fueron los mejores? ¿Mejores que los Rolling Stones, que Bach, que Beethoven? ¿Se puede decidir? ¿Existen indicadores que puedan determinar ese tipo de medición? Por algún motivo muchos tenemos una tendencia a la comparación, incluso en el mundo del arte. ¿Sus letras eran tan complejas como las de Dylan? ¿Sus armonías rivalizaban con las de los Beach Boys? ¿Sus shows en vivo pudieron acaso hacerle la menor sombra a los Stones? ¿Su sex appeal se acercaba al de Jim Morrison? ¿Su virtuosismo instrumental o voces eran comparables a un Hendrix, un Gaye? No responderemos. Y sin embargo, más allá de todo. Cuando no haya nada, todavía sonará un tema que básicamente está compuesto por dos acordes que solo se detienen un momento para que se pueda escuchar con total nitidez un Love me do…y la vida mejorará.

Pero este texto no tiene por tema a John Lennon, ni a sus otros tres colegas más grandes que Jesús. Este texto, escrito por un argentino, nacido en el barrio de Lanús, que pertenece al sur del Gran Buenos Aires, y que es una zona fabril, popular, y que tiene un modesto club de fútbol que se acostumbró a jugar en primera desde hace unos 30 años, y que incluso supo ser campeón nacional y finalista de la copa Libertadores de América, y que tiene una concurrida estación de trenes que lleva y trae hacia la Capital decenas de miles de trabajadores a diario, y tiene también un hospital público que se llama Eva Perón…. este texto está dedicado a Diego Armando Maradona. Que nació hace 60 años en Argentina. Más precisamente, en Lanús, en ese hospital que acabo de mencionar. En ese punto arbitrario en el mundo, y ya que mi primer párrafo inauguró la blasfemia, la siguiente no debería escandalizar: nació Dios, o mejor, un dios. Un dios sucio que se nos parece, según dijera Eduardo Galeano.

Retomando el hilo comparativo, ¿fue el mejor? En el mundo del deporte los indicadores parecerían sentar mejor que en la música. Bueno, ¿fue quien hizo más goles, ganó más partidos, alzó más veces la copa mundial? Seguramente, si fuéramos por esos caminos, podríamos identificar con facilidad un número muy alto de jugadores que superan a Diego en conquistas diversas. Pero, si en el mundo, más allá de todo, en México, Bangladesh, Liverpool o Marrakesh, debiéramos nombrar a un solo jugador, un terrícola, ese es Maradona. Lo afirmo sin datos objetivos, sin mediciones, más conocido incluso que los Beatles aunque estos genios liverpolitas sean la analogía musical que a mi entender más se le acerca. Es casi un lugar común la anécdota de sobremesa de un argentino que alguna vez perdido en un país exótico a sus ojos (suele ser asiático, africano o de Europa del Este), ignorante de toda palabra del idioma local, se ganó la simpatía, un plato de comida o se le perdonó la billetera o la vida por la sola mención del ídolo. Y si bien, es entendible que es el fútbol el deporte más popular del globo, la explicación tiene que trascender el juego; parafraseando a la escritora Gabriela Cabezón Cámara: a mí el fútbol me importa un bledo, ¿pero a quién no le gustan los artistas?

Y además ¡qué clase de artista! Porque Diego no solo conoció la gloria a través de esfuerzo y talento, lo hizo a pesar de pertenecer a una clase social a la que le es negada no solo la gloria sino los derechos más básicos. Y encima nunca se olvidó quién era y de dónde venía. Y por sobre todas las cosas, nunca lo dejó de decir, de vociferar, muchas veces con simpatía, irónicamente, con frases tan ocurrentes que hoy forman parte del decir popular. Y a pesar de que nos sabemos de memoria todas las contradicciones y todos los errores en los que cayó el Diez (como si fuera el único), también vale destacar cómo en soledad se les plantó a los poderosos: Havelange, Blatter, Bush, Macri.

Su posicionamiento, su toma de partido permanente fue otro de los factores por los que su popularidad resiste al tiempo.

Claramente, como contrapartida, ganó una serie de influyentes detractores. Durante su vida fue una piedra en el zapato para aquellos que el ejercicio del poder y de los placeres más suntuosos son un derecho de cuna. Esos que no tienen que dar explicaciones. Esos de los que no se sabe cuánto tienen, cómo llegaron, cómo la hicieron, dónde están, qué hicieron sus padres, sus abuelos. Esos que se dedicaron a cuestionar el estilo de vida, los lujos, las costumbres de ese negrito de la villa de la que nunca debió haber salido o, en su defecto, siguiendo el curso natural de las cosas, si salió gracias a su talento, debería haberse acomodado a su papel de convidado al lugar de poder, de transformarse en portavoz del cada vez más vigente discurso de la meritocracia: de la villa a la cima, una historia más del pobre que demuestra que con esfuerzo, se puede llegar a donde sea, reforzando el estereotipo del pobre perezoso y del rico hacendoso.

Pero no. No fue el caso y lo pagó. Es célebre su frase final en su partido homenaje: “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”. Y acá tengo que disentir con él. Por un lado, lo que pagó no fue por sus errores, que en cierta medida todos los tenemos, y no quiero acá banalizarlos o justificarlos, existieron y algunos fueron graves. Lo que pagó fue por no transar con aquellos a los que sus excesos, actos ilegales y lujos se los ve como naturales, lógicos, esperables o sencillamente no se los ve. Lo que pagó fue por cometer sus errores con la identidad que traía de fábrica en lugar de ponerse la camiseta de los ganadores de la vida.

Por otro lado, en ese “la pelota no se mancha” sin quererlo está sosteniendo que lo único valorable de su parte fue su aporte futbolístico, mientras que el resto de sus aspectos quedarían manchados. Justamente es en este breve texto en el que queremos subrayar que su vigencia, su entrada al barrio celestial de los ídolos populares no se trata solo de fútbol. Por dar un solo ejemplo, Pelé rivaliza con Diego en el campo y son interminables los argumentos que van para acá o para allá. Pero si observamos el nivel de devoción, del alcance y de la intensidad de esa idolatría, estamos hablando de mundos aparte. Mientras que Maradona fue y es parte viva de la cultura del país, un individuo siempre determinante y no solo dentro de los límites de la Argentina, Pelé para la mayoría de los brasileños es poco más que un importante trofeo guardado en un rincón solo memorable por su habilidad y logros deportivos, que por sí solos parecen durar en el sentir popular mucho menos de lo que creemos.

Maradona fue y es lo que es por el fútbol y por todo lo demás. Desde el fútbol, estamos todos de acuerdo (salvo el gol marcado con la mano, pero creo que eso solo les molesta a los ingleses). Desde lo político, su modo de pensar y de actuar nos exige un posicionamiento. En Argentina, existe la frase “ponerse el cassette” para cuando un deportista es entrevistado y sus respuestas caen invariablemente en un lugar común. Ese cassette nunca pudo ser reproducido en la boca de Diego. De acuerdo o en desacuerdo, siempre valió la pena parar la oreja para escuchar lo que estaba diciendo: sobre fútbol, Estados Unidos, Lineker, Platini o Fidel Castro. Es que, según el filósofo y psicoanalista argentino Jorge Alemán, Maradona fue el último ídolo que escapó de la lógica de la mercadotecnia. Salió del cálculo, de ocupar el lugar que la sociedad le tenía preparado.

El fútbol, su toma de partido y finalmente por ahora, su carisma. No solo ningún deportista sino que difícilmente ningún otro personaje público haya instalado en un país un número tan importante de frases y expresiones que, una sola vez dichas, desde la más absoluta espontaneidad, hayan formado instantáneamente y para siempre parte del léxico popular, al punto que muchas personas las utilizan habiendo olvidado quién fue su creador; lo cual es clave para la vitalidad de estos términos. Su gracia para bailar, sus intervenciones en programas televisivos de entrevistas y de ficción, canciones, discusiones y hasta peleas, son algunos de los argumentos más en los que puedo pensar para intentar justificar el fenómeno cultural.

Maradona fue inmensamente amado por su pueblo y por los pueblos del mundo. También fue despreciado por pequeños grupos detractores de lo popular. Pero su muerte consolidó para siempre el sentir de los primeros y, creo yo, atenuará hasta hacer desaparecer el de los últimos.

Ignacio Mazzeo (ignaciomazzeo@gmail.com) is a language teacher who has been teaching Spanish since he was a Linguistics student at the Universidad de Buenos Aires in the early 2000s. He moved to Europe in 2008 where he taught his native language in Italy, Sweden and Great Britain. Back in Argentina, he specialized in education management and worked in the Ministry of Education and several universities. However, he never quit his passion for teaching Spanish as a foreign language as he has started an online school helping students around the world to learn Spanish language and culture. He loves reading, writing, music, sports, and exploring every corner of his beloved Buenos Aires.