Jim Lawley evalúa la nueva obra de William Chislett.
¿Por qué España es un país tan atractivo? ¿Por qué tantos viajeros británicos se han enamorado tan profundamente de España?

William Chislett, residente en España desde hace décadas, pertenece a esa misma estirpe de hispanófilos británicos. Pero en Los curiosos impertinentes (Instituto Cervantes*, 181 páginas) no habla de su propia pasión sino de la de otros – algunos famosos, como George Borrow, Richard Ford, Gerald Brenan y Laurie Lee, otros menos conocidos pero no menos interesantes.
Este es el primer libro que documenta y, en la medida de lo posible, explora y analiza la poderosa atracción que España ha ejercido sobre escritores e intelectuales británicos a lo largo de los dos últimos siglos. Es un libro excelente, magníficamente escrito y bellamente ilustrado en color. Sus auténticas joyas visuales incluyen, por ejemplo, la reproducción del cuento que escribió Camilo José Cela en honor a Walter Starkie, y fotos de la carta (¡con su sobre!) que en 1939 J.B.Trend envió a Antonio Machado ofreciéndole una plaza de lector de español en la Universidad de Cambridge, pero que desgraciadamente llegó horas después de que el poeta hubiera muerto en el exilio en Francia.

Si hay algún momento así de triste en este libro, también hay muchos toques de humor: por ejemplo, cuando en 1950, en plena represión franquista, se rodaba en la Costa Brava una película en la que Ava Gardner iba a nadar desnuda en el mar, se dictó una orden a todo el pueblo que no mirara el espectáculo.
Además, entre sus páginas, el lector atento encontrará numerosas dosis de sabiduría práctica. En el pueblo de Yegen, donde vivió Gerald Brenan, todos los habitantes eran analfabetos menos el cura, el médico y un comerciante. “¿Qué importaba esta ignorancia?” escribió Brenan. “Los habitantes de Yegen sabían todo lo necesario para su prosperidad y felicidad, y sólo habrían adquirido unas frases pedantescas de haber sabido más. Dentro de los límites prescritos por su manera de vivir, eran sensatos y civilizados, y organizaban sus asuntos mejor que muchas comunidades más importantes. Al ser campesinos españoles y católicos tenían detrás de ellos una vieja tradición y solía ocurrir que la viveza de su conversación aumentaba en proporción inversa a la educación formal que habían recibido, porque entonces hablaban de lo que realmente sabían”.

Al enterarse de las experiencias tan positivas y tan interesantes que habían tenido estos intrépidos británicos, sus compatriotas no dudaron en seguir sus pasos. Muchos de los escritores e intelectuales del grupo Bloomsbury, por ejemplo, hicieron el arduo viaje a Yegen para visitar a Brenan. Es conmovedor imaginar a la famosa escritora Virginia Woolf y el filósofo Bertrand Russell, ganador del Premio Nobel de Literatura, paseando por ese primitivo pueblo de la España profunda en La Alpujarra granadina en los años veinte del siglo pasado.
Chislett nos explica el origen social, la personalidad y las experiencias de unos veinte escritores que viajaron por los caminos y carreteras de España, que vivieron en España y luego contaron sus aventuras e impresiones al mundo angloparlante. Entraron en España con altas expectativas y muchas ganas. Dejemos que Stanley Weyman hable por todos ellos: “Me sentí orgulloso y libre… tenía ante mí una tierra de aventuras y romanticismo… Viajé mucho a pie y sin compañía, una ventaja cuando el objetivo es conocer el país. Me alojé en fondas, paradores y casinos españoles… Me mezclé con la gente en la medida en que mi dominio del idioma me lo permitía… Creo que puedo haber aprendido algunas cosas nuevas para los lectores ingleses”.

Estos británicos caminando y viviendo en España vieron mucho – “No hay como los extranjeros para ver nuestras cosas”, dijo Ramón J. Sender – y aunque cada uno destaca aspectos diferentes, no tardan en aflorar un denominador común. Una y otra vez los británicos celebran la generosidad de espíritu de los españoles: “Al extranjero inofensivo, que vaga por el país con fines ciertamente inexplicables, pero que no se cree que sean maliciosos, el español medio de la clase baja y media se muestra bien dispuesto… lo recibirá con hospitalidad. El español es un caballero y, como caballero, considera a todos los hombres como sus iguales… Un hombre harapiento se dirigirá a un duque con respeto, pero también con amor propio. No sabe lo que es sentirse incómodo en presencia de nadie, y ofrecerá un cigarrillo a un marqués o a un millonario, y lo aceptará a cambio con la misma despreocupación y afabilidad. Es un buen rasgo”.

¿Por qué tantos viajeros británicos se han enamorado tan profundamente de España? Según se desprende de este espléndido libro, tiene mucho que ver con la forma de ser de los españoles.
*Este libro se obtiene únicamente por medio del Instituto Cervantes. Para lectores en el Reino Unido, https://cliclondres.cervantes.es/es/contacto
Jim Lawley, que ha vivido en Ávila desde el año 1983, escribe en The Spectator sobre España y la política española.
